sábado, 17 de febrero de 2018

Estoy seguro: habría querido ser amigo de Franz Kafka. Y lo habría dejado -como él, por otro lado- querría- en el silencio de tu habitación, encogido creyéndose un habitante extraño, un outsider.




Lo tuve claro leyendo Kafka, de Pietro Citati (Acantilado, 2012). El libro se configura como una biografía-estudio nada convencional que, además de mostrar el cautivador proceso de creación del escritor. Es un cuento con vanidad de ensayo; un ensayo tan ágil que apetece comerse a grandes bocados... una delicia de la que hace falta decir poco más.

Y uno acaba sus poco más de 350 páginas con la sensación de conocer bien al fantasma: Citati posee la capacidad de construir los espacios, las atmósferas, de narrar con brillantez las escenas. Se puede ver a Kafka encerrado en su cuarto, odiando una y otra vez el más leve de los ruidos -es fácil entenderlo- y tratando de escribir, de trascender siquiera a rasgos.

Kafka, peculiar intento de gentleman, llegaba tarde para 'vencer' al tiempo, y le encantaba esperar porque "daba uno objetivo a su vida". Y en ello demuestra que sí, que todos esperamos algo: ¿será, pienso, un modo de sentirnos también esperados y, por tanto, darnos sentido? Era, tal vez, una forma de dejar de sentirse un extranjero dentro de sí mismo, una acción que rompía su incapacidad de reconocerse.

Amaba la noche porque se eyectaba desde bien dentro su inspiración, le granjeaba una mano que empujaba a la creación. Bajo las velas, Dios o el demonio mismo dictaban con suavidad al oído. Él escribía, y así nacieron sus obras: noche, silencio y una lucha por saberse, reconocerse, encontrarse en todo lo que escribía.

Una lectura para romper la superficie de nuestras propias interrogantes.


Daniel J. Rodríguez//@DanielJRguez

*Agradezco a Francisco el haberme descubierto esta lectura.

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