martes, 2 de agosto de 2016

Fue uno de mis primeros actos de valentía. Lo llamábamos 'El Bacterio' -a escondidas, claro- cuando lo veíamos pasar por los pasillos con aquella bata blanca de los maestros de la vieja escuela. De aquella escuela en la que la tiza aún manchaba. Lo llamábamos 'El Bacterio' por aquella barba inmensa a los ojos de un niño. Y por aquella cabeza calva, despejada. A escondidas. Nos creíamos héroes al decirlo en voz baja, casi como en un susurro.

Serio, parco en palabras, con una voz de trueno cuando tocaba regañar a algún estudiante díscolo. Lo respetábamos. Era un maestro. Y, pese a aquella chanza poco iluminada -en realidad el único iluminado sería el que la inventó, si acaso-, admirábamos esa temida figura desgarbada, de Quijote en sus cabales, de matemático loco y dragón venido a menos.

Nunca estuve en una de sus clases. No me 'tocó', como solíamos decir, ni en quinto ni en sexto. Su presencia para mí era una sombra que trataba -tratábamos- de evitar, para evitar también el grito pertinente. Pero don Manuel, Manolo Verdejo más tarde, también fue mi maestro. No de aula, sino de vida y ejemplo: rectitud, educación, respeto, solidaridad.

Es inevitable. De todos aquellos que la vida te pone por delante tomas esto o lo otro. Educación, sobriedad. No hubo mejor clase, puedo jurarlo.Y una suerte de complicidad liviana más tarde,todavía no acierto a adivinar por qué, cuando la vida nos volvió a cruzar.

Quizá sí hubo una lección mejor: su sangre espartana. Ahí, debajo del trono, tras la custodia el día del Corpus. Incorruptible en su fe, pese a la vejez y los daños. Esa es una lección pendiente. No la de la fe, sino la de apostar sin medida -aunque casi se le va la salud en ello- por un ideal, por una creencia, por una certeza.

Hoy lo pensaba: Manolo tenía algo en los ojos. Olvidadas el resto de sus facciones -su sonrisa velada bajo una celada de barba cana, sus orejas grandes, su nariz de 'setilla'- quedaba esa mirada. Brillo de sonrisa en las pupilas. Era la mirada de un hombre bueno. Así lo fue para mí.

Lo vi hace escasas dos semanas. Ya con media lengua, la de un hombre cansado, me saludó con su sonrisa, la de siempre, en la mirada. "Adiós, Daniel", mientras su hijo empujaba la silla. Adiós Manolo. Descansa, hombre bueno.




Entrevista publicada en Cieza en la red el 21 de junio de 2013:

Manuel Verdejo: “El maestro al que no le gusten los niños, no vale para maestro”


Con una poblada barba, un perfil delgado, casi transparente y ataviado en una larga bata blanca, se ha convertido en un icono más de la calle Larga de Cieza. Manuel Verdejo, mancebo de la Farmacia de Jordán y maestro del colegio Juan Ramón Jiménez desde su fundación, disfruta ahora de su tranquila vida como jubilado, aunque asegura no parar quieto.

Padre de tres hijos, familiar y con un alto sentido de la fe cristiana, me recibe en su hogar para charlar de su larga experiencia vital. Pese a su edad, es un hombre activo. En el rato que dura el encuentro, no para de moverse en su sillón de orejas, ese que debe utilizar para, relajado en las largas siestas de jubilado, observar cómo crecen y viven los suyos.

¿Cuántos años trabajando?
Si te lo digo, igual te vas a sorprender muchísimo. Empecé a trabajar el 1 de octubre de 1961 y me jubilé el 31 de enero de 2012. O sea, que con números, he trabajado durante 50 años y 4 meses.

¿Y todo eso como docente?
No, ¡Qué va! Imposible. Yo empecé en la farmacia, con 14 años. Hacía un bachiller elemental pero como me suspendieron y no había medios, empecé a trabajar en la farmacia. Allí me dieron la oportunidad de terminar el bachiller. Termino el bachiller y me pongo con el otro bachiller superior…Entonces hasta me voy animando e incluso pensaba en la universidad. Pero entonces yo ya trabajaba para aportar dinero a mi casa.

¿Qué ocurrió entonces?
Me propusieron buscar una farmacia en Granada para trabajar mientras estudiaba medicina, que era lo que yo quería ser, médico y, más concretamente, cirujano. Pero no pude ir, ya sabes, el dinero. ¿Qué podía estudiar estando aquí? Pues magisterio o peritaje. Y elegí magisterio. Por una razón, por la misma que quería ser médico: Las profesiones de servicio siempre me han gustado. Siempre les he dicho a mis alumnos, “un cirujano tiene en la mesa de operaciones a su peor enemigo y lo quiere salvar”. Yo cuanto más doy en la pizarra más rico soy, más tengo. Esa es mi etiqueta. El eslogan de Cáritas decía ‘cuánto más das, más tienes’, y yo así lo creo.

¿Cuál fue el primer puesto dedicado a la enseñanza?
Me surgió la oportunidad de trabajar en lo que entonces era la Agrupación Jaime Balmes, que no el Colegio Jaime Balmes actual. Y estando en el colegio Jaime Balmes apareció la tesitura de crear el colegio Juan Ramón Jiménez. En el año 1973 empecé en la enseñanza. Aunque en la mili ya ejercía de maestro con los analfabetos que había allí.

¿Se acuerda de todos los alumnos?
De todos no. De una mayoría sí. En el 2012, cuando la cooperativa me quiso homenajear me acordé de muchos alumnos, de muchísimos. ¡Hay cursos que los tengo enteros! Otros no, porque es imposible, si no sería Einstein. Mi mente no es un ordenador, soy humano.

Sí que me acordé de todos los alumnos que han desaparecido, de la vida me refiero. Y creo que no se me olvidó ninguno. Allá por el año 73, 74 murió el primero y hacía poco murió el último. Adrián…un accidente… De un porcentaje alto sí que me acuerdo.

¿Cómo es esa relación con los alumnos fuera, tras el paso por el colegio?
Para mí, muy agradable. En el homenaje de mi jubilación hubo dos testimonios, de un alumno y una alumna. Recuerdo que en aquellos tiempos de la primera y la segunda etapa, aún no existía, como ahora, primaria y secundaria, en aquella época yo tenía un ramillete de alumnas de un curso magnífico. Como no terminamos el programa de octavo, seguí acudiendo el mes de julio a dar clase a quién quería. Su madre vino a enseñarme años después las notas de bachiller. Esa alumna fue premio extraordinario en la universidad recientemente. El otro testimonio fue de un alumno más reciente, lo tengo muy reciente porque estudia medicina, y parece ser que fui yo quien le despertó la vocación.

¿Cómo ha de ser docente perfecto?
¡Uy! Eso es muy difícil. Vengo a referirte otra vez el eslogan de Cáritas, “cuánto más das, más tienes”. El maestro al que no le gusten los niños, no vale para maestro. Te tiene que gustar la infancia, la juventud, la adolescencia… y luego volcarte a ellos en la medida de tus posibilidades. Te tienes que volcar con ellos en todos los sentidos. Probablemente no he hecho más con ellos, pero los he visitado en sus casas después de clase, he ido a la parroquia del colegio a escuchar misa con ellos….Es que la pregunta es tan difícil….Entregarte en cuerpo y alma a tus alumnos, eso sería la perfección. Yo no puedo decir que lo haya hecho, sería demasiado presuntuoso, pero le he dedicado lo mejor de mi vida a la enseñanza, no he tenido pereza para nada. Me he considerado maestro de mis hijos y padre de mis alumnos.

¿Y ha recibido de los alumnos ese cariño de ‘hijos’?
En un porcentaje alto sí. El hecho de que me vean por la calle o coincidamos en cualquier sitio y me digan “¡Hola don Manuel!”, con eso me conformo. Es señal de que se acuerdan de mí.

Pese a los malos momentos, parece que los alumnos le tienen aprecio
¡Sí hombre! Es que el dicho es verdadero: quien bien te quiere, te hará llorar. Yo siempre he dicho a mis alumnos que esto era un juego y como juego, tenía sus reglas. Y esas reglas las respetábamos todos. En cierto modo es paternal, ¡y ya está! La asignatura más importante para mí se llama EDUCACIÓN. Y yo la ponía siempre arriba, en la pizarra con el dedo, con el polvillo que dejaba la tiza. Es una asignatura que no está en el currículum, está en el currículum ‘oculto’. Y tengo a gala que mis alumnos han sido los más educados. Los he tratado como padre.

¿Estricto?
Sí. He sido estricto.

¿Mucho?
Mucho no, pero estricto sí que he sido. La disciplina me ha gustado en todos los órdenes de la vida, pero oye, también flexible, ¡soltar y apretar! Perdonar es de reyes. Te voy a contar: yo siempre esperaba en la puerta 5 minutos de cortesía. Ese día era más verano, que no se cierran las puertas. Ya estábamos trabajando y este alumno entró casi de puntillas, ¡Has entrado como mi burro por la feria!, le dije. Es necesario preguntar si se puede, ¡Urbanidad! Yo, cuando voy al médico me quito la gorra…Hay que ser estricto.

¿Usted es de los que llegó a dar clase con plumilla y tintero?
¿Cómo profesor? No. En mi colegio sí.

¿Y ha cambiado mucho la educación, la forma de dar clases?
Sí.

¿En qué sentido?
Un factor muy importante es la relación familia-profesor. Y yo, en la reunión con los padres, a principio de curso, decía que la educación es una banqueta de tres patas. Primero el alumno, después los padres y por último el profesor. Esa banqueta, la pongas donde la pongas, no cojea. Si esto va bien, miel sobre hojuelas.

Ha habido cambios sociales, quitarle autoridad al maestro. Eso no dice que haya que darle todo el poder, eso de las letras a sangre no. Pero todos sabemos que un azote a tiempo es un gran jarabe. En ese sentido ha cambiado, los padres son muy permisivos. Todo ha cambiado.

Durante toda su vida ha alternado la educación con su trabajo como mancebo en la farmacia
Sí, desde 1973.

¿Y cómo podía coordinar ambas profesiones?
Pues gracias a Dios con la permisividad de mi empresario de la farmacia. Recuerdo que cuando me surgió trabajar en la enseñanza, que además era el año que me casaba, hable con mi jefe, le dije: “Esto ocurre”. Él aceptó enseguida, dijo que para eso había estudiado magisterio. Pero también me dijo, “Eso sí. Minuto que tengas fuera de la escuela, a la farmacia”. Y así lo he hecho. He ido a dar clases después de una guardia, tenía que hacerlo. Me había comprometido.

¿Mancebo o maestro?
Primero fui auxiliar de farmacia, y además titular también. Yo conocí la farmacia Galénica, donde había que producir el medicamento. Así que primero fui mancebo. Pero después, dedicándome a la enseñanza por entero, fui más maestro que auxiliar de farmacia. Y así ha sido, así he llegado hasta el final. Las dos cosas son servicio a los demás. ¡Porque mi farmacia ha sido al ATS del barrio! Los zagales venían, que se habían caído y decían: “¡Cúrame!”

Otro pilar importante en su vida ha sido la Semana Santa
Claro que lo ha sido.

Ha sido hermano de una cofradía ¿Cuántos años?
Y sigo siendo. Yo soy una especie pura en la Semana Santa. Soy de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Agonía.

Y no hay más…
¡Claro que hay más! Todas las cofradías son importantes, pero para mí no hay más. Yo estaba soltero, no te puedo precisar el año. Y entonces entré a formar parte. Dos presidentes anteriores a mí me dieron la oportunidad de desfilar con la cofradía. Mi primera actuación fue un traslado de la Virgen de la Piedad, que estaba en el Convento, la tarde del Viernes Santo, para la procesión de la noche.

Ese presidente me da de alta en la Hermandad y ya soy cofrade. El siguiente que hubo me lleva a la directiva, de la cual fui secretario. Cuando este presidente dimite, las circunstancias me llevan, además haciendo hincapié, sin querer serlo, a ser presidente de la Hermandad. Sin querer serlo, repito. Y sin querer ser presidente estuve casi 18 años al frente de la cofradía, hasta 2005.

¿Orgulloso?
Sí, por supuesto. Unos años muy bonitos. Tuve mucha gente buena alrededor mío y se realizó mi proyecto de hacer un paso nuevo para la desfilar el Viernes Santo en la Mañana. Es ponerme la túnica negra, oír un tambor, cualquier desfile…Feliz.

Soy cristiano, por supuesto. Y practicante, y no de inyecciones, ¡ya me entiendes! Me cuesta no acudir a los oficios en Jueves Santo. Por lo tanto, la Semana Santa, que es la exaltación de todos los misterios me encanta.

¿Qué se lleva del colegio?
No me llevo nada porque sigo yendo todas las semanas. Si algún compañero está libre vamos a tomarnos un café. Suelo ir los miércoles. Si ahí está mi nombre grabado, entre las 14 personas que nos metimos en la aventura de construirlo.
Más bien me dejo. Tengo allí a mis dos hijas trabajando. Esto es una labor que se continúa.

En su casa, entiendo que la enseñanza se ha visto como una labor importante.
La mayor quería hacer magisterio pero no entró, entonces hizo pedagogía, que tiene mucha relación. Y la pequeña siempre quiso ser maestra también. Cuando ella jugaba cuando niña, le gustaba hacer de profesora, ¡Hasta quería tener los brazos flácidos, como su seño!
El muchacho hizo informática, y estamos esperando que salga algo…Con la situación que hay ahora.

Tras tanta actividad, ¿Cómo se vive de jubilado?
Me dedico, como dicen en plan de sorna, a ser corredor de comercio y agente de bolsas, ¿Ya lo comprendes no? Bolsa del pescado, bolsa del pan… ¡Y de una tienda a otra! (ríe) Lo que más agradezco es que, como yo he sido muy responsable en mi trabajo, esos días que te levantas y piensas, “no tengo ganas de levantarme, estaría media “horica” más en la cama”, cosa que antes no podía hacer… Así que bien.

Sigo yendo a la farmacia a ver a mi jefe. Porque no es mi jefe, fue un jefe-padre también, porque me dio la oportunidad de estudiar y la oportunidad de ejercer el magisterio.

¿Qué le queda por vivir?
Lo que Dios quiera. No tengo grandes metas en ese sentido. Te voy a contar una revelación mía: Cuando yo había cumplido 35 años, ya había nacido mi hijo. Tenía dos hijas y me había gustado tener un varón, porque yo me crie entre mujeres. Entonces, 10 días antes de mi cumpleaños me pregunté, “¿Qué te gustaría que te regalaran?”, y me dije, “Señor, doblar la edad”. Y aquí estoy, voy camino de los 67. Es decir, me pesa no haber hecho esto o lo otro…No.

Atado a las buenas costumbres, Manuel Verdejo me despide en la puerta de su casa. Salen todos, su mujer y su nieta, al zaguán de la puerta. Educación ante todo. Que se note que en esa casa vive un maestro. De los de antes. De los de “don” y “¿Se puede?”, de los que guarda la fotografía de todos los cursos en un lugar oculto del corazón. Un maestro de los de oficio. 24 horas al día.


Daniel J. Rodríguez//@DanielJRguez

0 Apuntes del lector: