domingo, 10 de julio de 2016

Poeta. Treinta y cinco años de oficio. Más de tres décadas de trabajo entregado, de pasión por la contemplación, que han dado una decena de libros de poemas. Eloy Sánchez Rosillo es, inevitable y afortunadamente, poeta. Ha comprendido la belleza que tiene lo pequeño, lo simple, y la ha convertido en versos inolvidables, armónicos, eternos.



Su reflejo le devuelve la presencia de un poeta y él sonríe. Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) ha cumplido su proyecto vital: reconocerse como hacedor de versos. Lleva 35 años traduciendo en versos lo que capta con su mirada: la naturaleza, el paso del tiempo, lo insignificante y bello del día a día y la luz. Sobre todo la luz.

Quién lo diria (Tusquets, 2015) es su décimo libro de poemas. En él, el poeta viaja por el otoño, el verano, la primavera y el invierno lanzando una clara consigna al lector: atreve a vivir.

-Quién lo diría comienza con algo tan insignificante como beber un vaso de agua. ¿Es la vida, al cabo, una suma de cotidianidades?
-Hasta cierto punto podríamos afirmar que la vida es la suma de las cosas que son y de los hechos que ocurren. Pero el conjunto de lo que existe y de lo que sucede es mucho más complejo de lo que por lo general advertimos. Es decir, que la vida sería lo que vemos y lo que no solemos ver. No alcanzamos a ver una parte muy importante de lo real como consecuencia de que el hábito nos ciega, no porque esté oculto o sea invisible. Nos quedamos en la corteza de las cosas y de los hechos. Lo que no alcanzamos a ver son los hilos sutiles que unen entre sí los casi infinitos puntos de la realidad y los aconteceres del mundo. Ellos hacen que lo en apariencia múltiple y suelto forme parte de un todo. El tejido que crean esos hilos es el misterio inacabable de la vida. Si abrimos los ojos bien y somos capaces de ver esto, nos damos cuenta de que cualquier acto del vivir es un milagro. Cuando alzamos un vaso de agua hasta nuestros labios estamos moviendo el mundo entero, conmoviéndolo, con todas sus constelaciones y sus galaxias. No es, por tanto, un hecho simple o insignificante, sino milagroso de verdad. El poeta es el que se da cuenta de esto (algo que le ocurre también a cualquiera que mire a fondo) y alcanza a expresarlo de manera emocionada y emocionante (algo sólo al alcance del poeta, porque tiene el don de la palabra originaria y no desgastada por el uso).

-En el libro hay una insistente invitación a aprovechar la existencia, ¿usted lo hace? ¿Siente que ha desperdiciado mucho?
-Nadie aprovecha al completo la vida. Uno la malgasta más que nada en la juventud, que es acaso cuando más plena e intensa podría ser. El atolondramiento, la falta de experiencia y, a veces, la egolatría nos llevan cuando somos jóvenes a derrochar la abundancia sin utilizarla apenas. Pero nunca es tarde. Con la edad va aprendiendo uno a manejarse, y no es poco lo que aún nos resta, pues la vida es inagotable y siempre da más de lo que podemos recibir. Lo que ocurre es que no hay que pedirle absolutos, ni que nos toque la lotería todas las semanas. Somos ricos de verdad cuando aprendemos a mirar en profundidad y a despojarnos de lo accesorio.

-¿Qué misterio se esconde en la luz?
-El mayor de cuantos existen. La luz, en sus variados sentidos o acepciones, es para mí la vida. Ambas palabras son sinónimas en mi vocabulario. La luz dispone y teje esos hilos delgados a los que antes me he referido y que unen lo diverso. Un mundo de tinieblas —físicas o espirituales— sería inhabitable, un submundo espantoso en el que viviríamos como esos gusanos sin ojos de las profundidades.

-Y cuando la luz le borre, ¿qué quedará de Eloy Sánchez Rosillo?
-Bueno, si se refiere usted con un eufemismo (y le agradezco su falta de crudeza) a qué es lo que quedará de mí cuando me muera, le diré, poniéndome optimista, que tal vez quede lo mejor de mí, lo que no era únicamente mío y a todos pertenecía, aunque surgiera con mi ayuda: algún poemilla que emocione a los que anden por aquí y los lleve a recordarme como un hombre que estuvo atento a la vida y que cumplió con su deber. En fin, habrá visto usted que no soy poco ambicioso en mis aspiraciones para cuando me marche al otro barrio.

-¿Qué realidades encuentra en el mundo al que hoy se asoma?
-Realidad no hay más que una, y es maravillosa. Para mí, también es sinónimo de vida. Creo que por lo que usted me pregunta es por las “irrealidades” del mundo, más que por las realidades, por el día a día tantas veces cruel e irrespirable que ha creado el hombre en sociedad. Esas irrealidades o falsas realidades son pavorosas y hacen correr por el mundo mucho dolor y mucha sangre. Contra ellas hay que luchar siempre en la medida de nuestras posibilidades, no permitiendo la injusticia a nuestro lado, tratando de remediarla y de consolar al que sufre.

-¿Cuál es el mayor miedo de un poeta?
-Yo, por mi edad, me atrevo a decirle que ya no tengo ninguno. Lo que más puede temer un poeta es el perder la voz, el perder el don que tiene o cree tener. A mí ya no me puede suceder eso. Mi obra (y perdón por la solemnidad de la palabra) está cumplida en un tanto por ciento muy elevado. Ojalá pudiera seguir escribiendo mucho tiempo, pero con lo hecho hasta ahora me conformo; es suficientemente amplio, y aunque ya no hiciera nada más, nadie podría decir de mí esa tristeza tan grande de que fui un poeta malogrado, es decir, alguien que por el motivo que fuera no hizo lo que tenía que hacer. Lo que yo he hecho será mejor o peor (en esto es el tiempo el único que dicta sentencia), pero he sido capaz de hacerlo y lo he estado haciendo desde que fui consciente de mi ser hasta ahora mismo. Cuando era un muchacho y mi vocación se apoderó de mí, concebí un sueño maravilloso: el estar en el mundo como poeta. En este mundo se puede estar de muchas formas, dignas o indignas, pero para mí, que tenía la fiebre de la vocación, el destino más alto era el de entregar mi vida toda a la poesía, el estar aquí, ante mí y ante los demás, como poeta. Se puede estar también como banquero, por ejemplo, o como atracador de bancos (que en muchos casos viene a ser casi lo mismo), como político megalómano (Hitler, Stalin y tantos otros), como promotor inmobiliario, como agente de cambio y bolsa… Yo me enorgullezco de haber estado como poeta. En este sentido es en el que digo que el sueño central de mi vida se ha cumplido y que ya no puede torcerse a estas alturas. Antes sí, y ese es el recelo que he tenido a lo largo de toda mi vida, el quedarme sin voz, el perderla por no merecerla. Pero ahora ya qué temor podría tener. ¡Fuera miedos!

-Es la suya una poesía muy estética, muy bella: ¿Qué opina de aquellos que usan palabras o incluso construcciones menos armónicas para sus versos?
-Mi opinión es que la poesía es ancha y multiforme. No existe una forma única de hacer poesía; hay tantas como poetas auténticos. Todo aquello que esté en un libro de poesía y sea capaz de estremecer al lector es poesía. La piedra de toque del poema es que se produzca ese estremecimiento, ese chispazo o descarga eléctrica que pone al lector ante lo nunca visto, que no es más que el asombro ante lo conocido, ante lo que estaba ahí y no habíamos sabido mirar. Cada poeta auténtico consigue esto a su manera. De lo contrario, no hay poeta ni poesía, por mucho que se empeñen los críticos o los editores o los catedráticos en “colocarte el producto” diciéndote que es muy “actual”, muy “nuevo” e incluso “muy divertido”, como en ocasiones he visto escrito. Lo que más me maravilla de la poesía es su variedad inagotable, que haya poetas auténticos tan distintos. Y he de decirle que a mí los que más me gustan son los poetas diferentes al que yo acaso soy. Lo muy semejante a nosotros nos aburre, pues es como mirarse al espejo. A mí, como lector, más que ponerme frente a un espejo, me gusta mirar por la ventana desde una casa con buenas vistas y ver desde allí la diversidad, en la que me reconozco también, pero que muestra un rostro distinto del mío. Afirma usted al comienzo de su pregunta que mi poesía es muy estética y muy bella. Se lo agradezco mucho, pero ojalá entienda usted la belleza a la manera de Keats. No como belleza sin más, sino como algo indisolublemente unido a lo verdadero. La verdad es condición de lo bello y lo bello condición de la verdad. De lo contrario la belleza no vale para nada; será un objeto “bonito” y frío, relamido, pero no un ser vivo, con la gracia de lo vivo.

-Ha declarado que considera que sus 10 libros responden a un buen ritmo de publicación, ¿cree que hoy se publican libros con demasiada rapidez?
-Hombre, yo creo que haber publicado diez libros —unos quinientos poemas— en treinta y cinco años más o menos no está nada mal. Sale a una media aproximada de un libro cada tres años y medio. En este asunto, además, no es la cantidad lo que cuenta, como sabe. Y sí, tal vez haya hoy demasiada facilidad para publicar, cosa que no ocurría cuando yo empecé. El poeta joven es impaciente por naturaleza y si hay oportunidad publicará a las primeras de cambio. Lo único bueno que a mi juicio tiene el publicar un libro a los veinte años, pongamos por caso, es que uno dispondrá después de toda su vida para arrepentirse.

-¿Usted habría dicho, cuando comenzaba en este oficio de poeta, que hoy se encontraría en el lugar en el que se encuentra?
-En absoluto. Y no porque considere que estoy en un lugar elevadísimo del escalafón (también en la poesía hay muchos que manejan los escalafones, como si esto fuera el ejército), sino porque estoy satisfecho íntimamente, hasta donde uno puede estar conforme consigo mismo, del camino que he recorrido paso a paso hasta llegar aquí, sin saltos ni atajos ni carrerillas. Antes le hablé del sueño que tuve en la adolescencia de estar en el mundo como poeta, como poeta auténtico (aunque fuera a mucha distancia de los mejores, claro está). Lo que soñé se ha cumplido en muy buena medida. A casi nadie se le cumplen los sueños. Yo, sin embargo, he tenido esa suerte. No puede pedirse más. Lo que hago es agradecer, eso sí.

-Cuenta con el apoyo de Tusquets. ¿Qué sería del poeta sin la figura del editor?
-Siempre se bromea sobre los editores diciendo que son un mal necesario, que son los enemigos máximos de los escritores, etcétera. Pero hay que dar gracias por ellos, a pesar de que los intereses suyos y los del escritor no sean los mismos. Ellos son los que hacen que lo que tú has creado por fatalidad en tu soledad pueda llegar de manera adecuada a los otros, cercanos o lejanos. El contar con el apoyo de una editorial importante cuando uno ya tiene una edad y una trayectoria es desde luego una bendición. Vale mucho el poder desentenderse de los engorrosos y complicados quebraderos de cabeza que conllevaría el tener que acercarle tu voz a los lectores. Yo he tenido mucha suerte, sin duda, pero tampoco me llegó Tusquets a los veinte años. Muchos jóvenes se desesperan con los editores. Piensan que no los atienden, que no arriesgan. Pero todo llega. Hay que tener paciencia. Y hay que pensar también que los editores no son hermanitas de la caridad ni oenegés; son empresarios que con el fruto de su talento y de su esfuerzo pretenden vivir lo mejor posible, poder pagar los estudios de sus hijos e irse de vacaciones de vez en cuando.

-¿Y qué sería del poeta sin la poesía?

-No hay poeta sin poesía, igual que no puede haber lluvia sin agua. El elemento con el que trabaja el poeta es la poesía, si ella no está, tampoco puede estar él. La poesía, no obstante, es anterior al poeta. Éste sólo es un hombre a través del cual pasa la poesía, un hilo conductor, alguien que logra que la poesía —eso que está ahí y que todos sentimos pero que no está dicho— se haga palabra y pueda llegarnos y emocionarnos. Un poeta sin poesía sería o un equivocado al que Dios no ha llamado por ese camino, o un poeta verdadero que ha perdido la voz. Esto es tristísimo y puede suceder. La poesía no es un bien vitalicio, como si uno hubiera hecho unas oposiciones a registrador de la propiedad o cosa por el estilo. Los dones se nos otorgan graciosamente, sin un porqué, y pueden irse igual que vinieron. Hay que rezar para que iluminen con su luz nuestra vida. Y trabajar con devoción, ilusión y voluntad para hacernos dignos de que nos acompañen.

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