jueves, 25 de febrero de 2016

El escritor mexicano Juan Rulfo dijo, en una entrevista que ofreció en 1979 al periodista Juan Cruz, que sentía cada una de sus obras terminadas como algo muerto.

Cuando leí las declaraciones me estremecí: generalmente, los escritores defienden que, tras salir de sus manos, el libro cobra vida y son los lectores los que deben interpretarlo, juzgarlo, enriquecerlo o condenarlo para siempre.

Imagino que, en su interior, los autores siguen la estela de sus creaciones como uno observa crecer a sus hijos, para ver si se convierten en personas de bien, si merecen la pena. Hay algo bonito en ello. Sin embargo, Rulfo ‘paría’ sus textos y los dejaba, tal y como aseguró, morir.

No me explico el porqué de ese sentimiento; tal vez sea que en esos páramos de la infancia no tuvo más lugar al que asirse que su imaginación, y ya con los años iba deshaciéndose de esas historias, muertas, y cambiándolas por la propia vida.

Daniel J. Rodríguez//@DanielJRguez
Artículo publicado en La Opinión de Murcia

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