domingo, 11 de enero de 2015

Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.

 L. G. M. 

Se enamoró de los poemas que su padre repasaba en voz alta en una antología española e hizo del arte de hilar palabras y trascenderlo todo en un papel su forma de vida. Luis García Montero (Granada, 1958) es Catedrático de Literatura Española, ensayista y escritor de novelas y de columnas de opinión en un par de periódicos. Pero, sobre todo, García Montero es poeta, un alquimista de versos convencido de la importancia de su oficio, del papel fundamental de la poesía en la sociedad, en las personas. 

Llega puntual a la cita en la plaza Cardenal Belluga, en Murcia. El marco es propicio para hablar de poesía: acompañan a la belleza de la catedral las melodías de dos músicos callejeros, el ruido propio de las cafeterías, que ofertan tapas de arroz y cerveza casi congelada, y las risas y los comentarios de los turistas agolpados frente a incontables cámaras de fotos. Las palabras del escritor granadino danzan de su boca a la mesa, donde aguarda la grabadora, siguiendo los ritmos de las canciones universales que interpretan los músicos a cambio de algunas monedas. 


-Desarrolla su creatividad a través de distintas plataformas y estilos literarios. ¿Es un poeta metido a novelista, un articulista que se nutre de la prosa ficcional,…? 

-Ahora me voy sintiendo, más que nada, escritor. Sigo escribiendo poesía, hago ensayo por mi trabajo en la Universidad, colaboro con artículos regulares en la prensa y, últimamente, escribo novela también. Voy buscando, en los distintos registros de la literatura y de la creación, aquellos tonos y aquellos géneros que me interesan para contar lo que quiero. Pero, debajo de todo eso, en el pliegue último, me siento poeta. Me dediqué a la literatura por la poesía.

En ese sentido, siempre cuento algo que es verdad: el día que terminé mi tesis doctoral me sentí muy orgulloso, pero a la mañana siguiente, cuando no estaba haciendo nada, tenía mala conciencia por estar perdiendo el tiempo; el día que acabo una novela y la mando a una editorial o se la doy a leer a algún amigo me siento muy contento, pero al día siguiente, si no hago nada, me puede la mala conciencia. Y sin embargo, cuando me sale un poema con el que estoy contento y creo haber acertado tengo una sensación como de derecho a un mes de vacaciones. Eso es lo que me hace saber que me sigo sintiendo poeta.


-Muchos escritores de trayectoria admiten que el paso del tiempo les hace dejar de estar orgullosos e incluso llegan a rechazar su obra. Usted hablaba de momentos en los que surge un sentimiento de satisfacción frente a los versos construidos, ¿cuántos de esos instantes ha vivido en su propia piel? 

-Hay muchos ejemplos de lo que tú cuentas. Juan Ramón Jiménez pasó gran parte de su vida buscando sus dos primeros libros para romperlos: iba a casa de los amigos, los pedía prestados y los rompía o iba a bibliotecas, los robaba y los rompía. Yo no llego a esos extremos, pero a mí me parece que la temperatura de la poesía es la admiración. Si hoy me dedico a la poesía es porque antes me deslumbré con un libro en las manos. Por ejemplo, me deslumbré con poemas de García Lorca, de Pablo Neruda, de César Vallejo, de Rafael Alberti, de Antonio Machado… Cuando yo me acerco a un libro, lo hago con ojos de admiración, para intentar que me deslumbre en recuerdo del lector adolescente que quiero seguir siendo. Esos ojos de admiración, que son los que te hacen disfrutar, solo son posibles cuando lees un libro de otro. 

Cuando lees algo que has escrito tú, lo que tienes son ojos de corrector, que son los del creador: aquí la cagué, aquí lo hice mejor y esto lo podía haber hecho de otra manera. Esos ojos de corrector a veces te dejan más tranquilo, otras te hacen decir “esto lo cambiaría”. Pero, para un creador, el no perder la conciencia crítica es fundamental. Ahí está el peligro de convertirte en un viejo cascarrabias y de que solo te guste aquello que tú haces porque crees que es genial y que todo lo demás es una tontería.


-¿Es tan cotidiano ese peligro?

-Hay que cultivar la conciencia crítica. Uno de los cuidados que tiene que tener un poeta cuando cumple años es, no solo dejar de fumar y beber menos, sino cuidar la conciencia crítica. Respecto a mis propios textos, siempre hay algunos poemas que suelo escoger para leer en las lecturas porque me dejan más cómodo. Yo me siento cómodo con algunos poemas de Habitaciones separadas y de Completamente viernes, y me gustan los poemas de amor. Hay poemas de amor a los que guardo mucha lealtad. Siempre acabo leyendo un poema como ‘La inmortalidad’, de Completamente viernes, o ‘Mujeres’, de Habitaciones separadas, que me dejan más tranquilo.


-Gioconda Belli dice algo así como que la poesía es un rayo que te atraviesa, mientras que la narrativa necesita una preparación previa. Usted navega en los últimos tiempos entre la prosa y el verso, y su último trabajo publicado es la novela Alguien dice tu nombre, ¿qué diferencias observa entre el escritor narrativo y el escritor de versos?

-La prosa también es como un trabajo de oficinista, ¿no? Cuando escribes poemas, puedes tener el poema en la cabeza mucho tiempo y buscar un hueco en un hotel, en un viaje en tren, para ponerte a hacer un primer esbozo. Una novela tiene unas exigencias que te obligan a ponerte a trabajar con mucha disciplina unas horas al día y regularmente.

Mira, no es lo mismo contagiar un estado de ánimo desde tu propia visión radical del mundo en treinta versos, que contar una historia a lo largo de trescientas páginas donde tienes que mantener el interés del lector y donde la realidad no se ve desde tu punto de vista, sino desde unos personajes que deben tener distinta edad, distinta ideología, distinto sexo y distintas experiencias...


-Se elabora, por tanto, de un modo diferente.

-(El poeta asiente y sigue con su reflexión) Las exigencias de la poesía son distintas de las de la narrativa y, por eso, es conveniente trabajar de acuerdo con las exigencias de cada género. Yo intento contagiar estados de ánimo sin dar muchos datos, creando sentimientos en la poesía, e intento, por otra parte, que mi voz personal no salga directamente en la novela, sino que salga a través de la experiencia de distintos personajes en donde yo me proyecto, pero más enmascaradamente. Por eso, siempre es un error el poeta que escribe novelas con ojos de poeta y se cree que solo utilizando palabras muy bonitas ya se puede hacer una buena novela, y es un error el narrador que se pone a escribir poesía con ojos de narrador y empieza a explicarlo todo minuciosamente sin dejar espacio a la sugerencia y al símbolo, que es lo que contagia estados de ánimo. Yo me siendo más seguro escribiendo poesía y estoy esforzándome, estos últimos años, por aprender a manejar las convenciones de la novela.

-¿La novela no puede tener la visceralidad, la Verdad, de la poesía?

-No. Y muchas veces en la narrativa tienes una ocurrencia y una primera idea y, de pronto, te das cuenta que no te sirve de mucho ese fulgor porque lo que te interesa es crear historias que puedan sostenerse a lo largo de 250 o 300 páginas. Los momentos de fulgor tienen que estar muy bien medidos porque pueden ser interrupciones y o crear momentos de declive que te obligan a buscar otro tono que haga fluir al texto de otra manera. Es un modo distinto de relacionarte con el tiempo. La creación tiene mucho de emoción temporal, y no es lo mismo el tiempo de la sugerencia en un poema que el tiempo argumentado que debe vivir un personaje, no el poeta.


-¿Qué hace que, en 2009 y pese a tener trabajos previos de narrativa, comience una tendencia casi vertiginosa en la creación de novelas y textos de ficción?

-Tiene relación con algo que te he dicho antes: uno va cumpliendo años. Y cuando se cumplen años hay que tener cuidado. La gente deja de fumar, deja de beber. Yo, si quiero estar en clase medianamente presentable, no puedo emborracharme por las noches. Cuando tenía veintitantos o treinta años, he llegado a clase sin dormir. He estado discutiendo de literatura, de política, con mis compañeros, con mis camaradas y, al día siguiente iba a clase y casi no se me notaba. Ahora, como no descanse bien, no doy pie con bola en clase. Uno debe tener cuidado, y uno de los cuidados que hay que tener es, ya lo he dicho, el de no perder la conciencia crítica, el de vigilar lo que haces.

Conforme se van cumpliendo años, un miedo fundamental para un poeta es el de repetirse, el de escribir con receta. Hay gente que escribe con receta porque se cree que todo lo que hace es genial y, sin darse cuenta, acaba escribiendo veinte veces el mismo poema y va acumulando libros que no aportan nada a su obra.


-¿Ese es su caso?

-Hay un momento donde uno siente que el ochenta por ciento de lo que podía aportar a la poesía ya lo ha aportado y que ahora, si quiere aportar cosas nuevas, debe tener paciencia. Lo contaba muy bien Antonio Machado con la metáfora de la barca que está esperando en la orilla. Hay que esperar a que suba la marea, porque uno no puede repetir lo que ya ha escrito, pero tampoco puede traicionarse y, por el gusto de innovar, decir cosas que no tengan nada que ver con su propia conciencia, con su propio mundo. En este punto, se escribe poesía mucho más lentamente, y la lentitud se convierte en una disciplina de vigilancia.

El tiempo que a mí me ha dejado la lentitud de la poesía lo he utilizado en indagar otros géneros que me permitían contar otras cosas. La novela fue para mí una solución, porque a partir de 2008 y 2009 empecé a escribir unos poemas muy coléricos, muy malhumorados. Yo he sido un indignado como cualquier español al que le ha tocado vivir los momentos que estamos viviendo, pero el tipo de compromiso que a mí me gusta tener con la poesía es un compromiso en el que no cabe la cólera.


-¿Qué poesía defiende entonces?

-Reivindico la poesía como una emancipación de los sentimientos, transformar la sentimentalidad, encontrar esa sentimentalidad de la vida cotidiana que después acompaña a las causas públicas, y a los sueños públicos, y a los compromisos públicos.

Muchas veces, prefiero escribir un artículo colérico en el periódico contra el gobierno y, después, escribir un poema de amor donde esté la sentimentalidad de las personas que quieren soñar con una sociedad más justa. Pero no confundo el compromiso en un género y en otro género. Y, bueno, como me estaban saliendo unos poemas muy coléricos, porque yo estaba muy colérico, de pronto vi, en la novela, la oportunidad crear personas y contar la realidad desde el punto de vista de un joven, o de un señor mayor muy reaccionario, o de una mujer que tiene problemas para llevar a sus hijos a la guardería, o proyectar mis reflexiones en la biografía juvenil de Ángel González. Eso me sirvió para darle otra dimensión a mi literatura, aparte de la lentitud con la que quiero escribir poemas para no convertirme en un poeta de receta.


-Su último trabajo, Alguien dice tu nombre, se presenta como una novela de compromiso frente al cambio, ¿cómo se gesta este trabajo?

-La novela cuenta la historia de León Egea, un joven de veinte años, en el verano de 1963. No vuelve a su pueblo en vacaciones porque encuentra un trabajo como vendedor de libros a domicilio. En esos meses, el chico tiene una verdadera experiencia de iniciación en el sentido en el que se habla de novela de iniciación en la tradición clásica: el descubrimiento del amor, de la sexualidad, del compromiso con la vida, del compromiso político y, en este caso también, con el mundo laboral.


-¿Por qué el verano de 1963?

-Por muchos motivos. Mira: fue una época donde se empezaron a vivir cambios en la educación sentimental, en la vida económica y también en la clandestinidad política. Estos cambios desembocaron después en lo que hemos llamado Transición democrática. A mí me apetecía escribir sobre eso, porque es un mundo donde coincidieron las ilusiones de gente joven que estaba caminando hacia el futuro con el trabajo de muchas personas que estaban luchando en la clandestinidad contra la dictadura.

Me gusta esta confluencia. Entre otras cosas porque creo que es muy conveniente homenajear siempre y no olvidar la lucha que, durante muchos años y desde la clandestinidad en las organizaciones obreras y políticas, desembocó en la democracia y en la Transición.


























-La gran etapa de nuestro pasado más reciente. 

-Yo he sido muy crítico con muchas cosas de la Transición. Pero también, por mi vida, he conocido a mucha gente que dio la piel por la democracia. Y ahora me parece una injusticia tremenda que llegue gente diciendo que la Transición fue un fracaso, que todo fue un error y que se equivocaron, porque a mí me gusta que mis amigos, que pasaron ocho o nueve años en la cárcel o que se llevaron veinte palizas en la comisaría, sientan que su trabajo sirvió para algo.

En mi novela quería contar eso, y quería contar también la ilusión de jóvenes que entonces estaban en Granada. Y hablo de gente como Miguel Ríos o como el Joaquín Sabina que llegó a estudiar a la ciudad en los años sesenta, que se comprometieron políticamente y que pensaron que estaban luchando por el futuro. Y ¿sabes una cosa? Fue una época muy difícil, pero la gente tenía la sensación de que se estaba tocando el futuro con la yema de los dedos. Se caminaba hacia delante. Mis padres tuvieron la idea y el sentimiento de que yo iba a vivir mejor que ellos, y fue verdad. Sin embargo yo ahora, como padre, tengo la desolación de pensar que mis hijos van a vivir con menos derechos que yo y que van a tener menos futuro. Es cierto, la época de ahora es menos dura que la de los años sesenta, porque entonces las cosas se negociaban con una dictadura criminal, pero había una sensación de optimismo, se caminaba hacia delante. Ahora caminamos hacia atrás, como los cangrejos.

En Alguien dice tu nombre quería escribir una historia de amor, donde un chico joven descubriese lo que le pueden enseñar las personas mayores y que tuviese la rebeldía para ser dueño de su propio destino, luchar contra la indiferencia y caminar hacia el futuro.


-¿Se trata de una llamada de atención a las generaciones de ahora a adoptar un compromiso por el futuro?

-Es un homenaje a la gente de cualquier edad que rompe con la indiferencia y que decide dar un paso hacia delante, comprometerse con la sociedad, hacerse dueño de su destino y que despide la energía suficiente para buscar en el futuro una respuesta a lo que el presente le está intentando imponer. Muchas veces no me siento capaz de aconsejar a los jóvenes y a mis hijos lo que tienen que hacer, ni en las discusiones políticas más abstractas ni en la vida cotidiana más completa. Tengo una sensación de no saber aconsejar o decir a la gente joven lo que tiene que hacer porque el mundo al que yo pertenezco ya no es su mundo. ¿Qué puedo hacer entonces? Pues contar mi historia. Por si ellos pueden aprender algo de ella, como yo aprendí de Rafael Alberti, o como formé una comunidad con Blas de Otero y con Ángel González, por si a ellos puede servirles de algo.


--Dijo en una ocasión que trata de hacer una literatura útil, honesta y emocional, ¿falta Verdad en la literatura de hoy? ¿Hay muchos escritores de pose?

-Contextualizo un poco la respuesta: León Egea, el chico que estudia literatura en la novela, admira mucho a su profesor y aprende en una clase que Valle Inclán era un maestro en el lenguaje porque hacía series de tres adjetivos. Por ejemplo, el Madrid bohemio lo caracterizaba como una ciudad absurda, hambrienta y brillante. Ese alumno se pone a hacer series con tres adjetivos y descubre la importancia del lenguaje en las épocas donde tenemos que entendernos para recuperar ilusiones colectivas. En la novela, el personaje hace muchas veces el ejercicio de enlazar tres adjetivos. Un periodista me pregunto una vez qué tres elegiría para caracterizar mi novela, y yo elegí esos tres adjetivos.


-¿Por qué?

-Porque a mí me parece que la honestidad es fundamental en cualquier ejercicio. Y en el compromiso literario, la honestidad pasa por tomarte en serio tu trabajo. También quiero que la literatura sea útil: en la tradición del Siglo XX, los poetas han optado mucho por la inutilidad (se gritó "¡Viva la bagatela!") y por un lenguaje que no entendiera nadie. Eso fue una respuesta ética contra el mundo de la burguesía más positivista y del pragmatismo utilitario en una sociedad en la que solo se consideraba útil lo que producía dinero. En este contexto, los poetas, para enfrentarse al mercantilismo, se posicionaron de lado de la inutilidad. Pero, cuando a mí me tocó empezar a escribir, comprendí que eso era una trampa, porque quedarse en los márgenes siempre es una trampa, y más que marginarse allí hay que atreverse a tomar los centros para hacerlos más flexibles.

A finales de los ochenta publiqué un librito con Antonio Muñoz Molina en la editorial Hiperión. Se llamaba Por qué no es útil la literatura, y en él quisimos dejar claro que no nos interesaba cantar la inutilidad, sino pelear por una idea distinta de la utilidad. A mí me parece que la cultura, el conocimiento humano, el hacernos dueños de nuestras propias opiniones, la memoria histórica… son muy útiles para hacer una sociedad más decente. Eso es lo que a mí me une con la Verdad, y por eso la utilicé para definir mi novela.


-¿Qué es exactamente la Verdad?

-Tú sabes que, durante mucho tiempo, en relación al concepto de Verdad han anidado muchos dogmas. Por ejemplo, “el fin justifica los medios”: acabamos todos los valores y matamos a quien haga falta por un fin, ¿no? También se ha definido un concepto de Verdad desde el punto de vista de lo sobrenatural, del dogma político, pero también del dogma religioso: “ésta es la Verdad que desciende del Cielo y todos tenemos que someternos a la hora de organizar nuestras relaciones personales o nuestra maternidad”.

Estoy contra esa idea esencialista de Verdad, pero me preocupa mucho el cinismo de la sociedad postmoderna, donde nada importa nada y todo es relativo. Yo quiero fabricar otro concepto de Verdad que tenga que ver con los valores que merece la pena defender y con la conciencia de cada uno, y con la relación de cada uno con su conciencia. Creo en esa versión ética de la Verdad. A mí me gusta opinar de las cosas creyéndomelas y dar la cara por lo que creo verdadero.


-¿Qué sabor le gustaría que dejara su poesía?

-Soy completamente sincero cuando digo que el mejor premio que tiene un escritor son sus lectores. Cuando me dieron el premio nacional, me alegré, me lo pasé estupendamente y fue para mí un orgullo. Pero, de verdad, y esto yo lo he aprendido acompañando a Rafael Alberti, a Ángel González o a otros poetas que he admirado, no hay mayor premio que alguien se te acerque y te diga: “Esto que usted ha contado es lo que yo siento” o “pasé mi viaje de novios leyendo sus poemas”... Porque, de verdad, para los poetas es muy importante pertenecer a la educación sentimental de la gente porque eso es lo que permite que sobreviva la poesía. No hay mayor premio que alguien, de pronto, le diga al concejal de su pueblo que lea un poema mío en su boda en vez de decir un sermón, o que otra persona te cuente que tenía que leerle un poema mío a su padre cuando se estaba muriendo porque le daba momentos de reflexión sobre la vida y la muerte. Eso es realmente un premio, y ése es el sabor que yo quiero que deje mi poesía en la gente.


-Sus primeros poemarios datan de la década de los 80.

-Ahora hace 35 años de mi primer libro. Gané un premio para universitarios muy joven, más o menos con tu edad. Era el Premio Federico García Lorca, y lo gané en 1979, pero el poemario apareció en 1980.

-¿Cómo evoluciona su visión de la poesía desde que comienza a escribir sus primeros versos de adolescencia hasta hoy?

-Yo empecé en una universidad muy politizada donde, para nosotros, estudiar era empaparnos de marxismo, de psicoanálisis, de literatura alternativa… y donde tenían mucha importancia las vanguardias. Por eso, mi primer libro fue un resumen vanguardista de poemas en prosa de lo que me había enseñado el marxismo, el psicoanálisis y la literatura alternativa. Se tituló Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn.

Cuando conocí a Jaime Gil de Biedma, me preguntó si no pensaba que ese título se correspondía a una época anterior. Y es que en el principio de los años ochenta empezó a fraguarse una lectura que no apostaba por la ruptura del lenguaje, por el experimentalismo, por la vanguardia, sino por un intento de establecer un diálogo ético con los lectores: la poesía entendida como forma de conocimiento.


-¿Aquello supuso un cambio en su personalidad poética?

-A partir de ahí empecé a entender la poesía como una indagación en la sentimentalidad. Me tomé en serio aquello que decía Antonio Machado, que no puede haber transformación de la historia y de la poesía hasta que no haya transformación de los sentimientos, y empecé a buscar una poesía que tuviese el tono de la meditación, del ejercicio de conocimiento de alguien que quiere conocerse a sí mismo y conocer sus relaciones con el mundo. Y por ahí he ido avanzando con el paso natural de los años.

Según he ido cumpliendo años, quizá el esfuerzo por el conocimiento se ha ido matizando. A veces, uno busca sueños. Otras veces, tiene que asumir la factura de los sueños fracasados. Eso depende de la edad. Unas veces uno despliega banderas, otras, aprende que lo importante es saber doblarlas con decencia cuando las cosas no han salido tan bien como uno quería… Pero siempre creyendo que la poesía es un ejercicio de conocimiento escrito desde la propia conciencia.

 
Nube negra. 
 Sí… (Sonríe)


La conversación avanza y la voz de Luis García Montero se desenvuelve con soltura. Ni el acordeonista que se pasea por la terraza ni los jóvenes que, sentados justo detrás, hablan casi a gritos y entre risas distraen al poeta de su discurso. Está cómodo, su mirada es relajada y sus manos acompañan a sus palabras y enfatizan sus explicaciones.


-¿Es real esa fama que tienen los poetas de vivir, de escribir bajo la nube negra?

 -Decía Gustavo Adolfo Bécquer en un texto que a mí me encanta -porque es una poética de la modernidad-, Cartas literarias a una mujer, que si un poeta te escribía un buen poema de amor, debías desconfiar de su amor. ¿Sabes por qué? Porque como la poesía es ejercicio de conocimiento, se necesita no tanto un corazón fogoso, sino una cabeza que sea capaz de tomar decisiones sobre lo que está diciendo, estar un poquito frío. En ese sentido, cuando uno está pasando épocas de felicidad, casi tiende más a vivirlas que a contarlas. De todas maneras, yo escribí un libro titulado Complemente viernes en el que decía “cuidado con la palabra felicidad”. Es verdad que se ha utilizado de muy mala manera, pero en épocas como la Ilustración, que defendía la felicidad pública, o el Renacimiento, cuando se defendía la dignidad humana frente a la superstición, el derecho a la felicidad era el derecho del ser humano a labrarse su propio destino. Por eso dije "¡cuidado!", porque estamos instalados en la queja romántica, y a lo mejor este pesimismo nos paraliza y hay que reivindicar un concepto del optimismo y de la felicidad que nos dé energía para transformar las cosas. Y escribí un libro de poemas de amor apasionado, que es una reivindicación de la felicidad. Incluía una cita de madame du Châtelet, la amante de Voltaire, que decía: “Mándeme el cielo tentaciones y placeres y déjeme de sentimientos de culpa”.


-Pero el concepto nube negra es muy bello, ¿cómo surge?

-Es un poema que escribí porque la nube negra era la manera que tenía mi amigo Joaquín Sabina de llamar a su depresión. Cuando cambió de vida porque le dio el ictus, lo que él llamaba el ‘marichalazo’ (todas las personas que comparten la mesa y disfrutan de la conversación acogen la broma con leves carcajadas. Alguno hasta se anima a pedir una nueva copa tras agotar la espuma de una cerveza de la que ya no queda más que el recuerdo), tuvo que cambiar de hábitos. Uno de ellos fue dejar la ingesta de algunas cosas que le ayudaban a escribir y a estar despierto. Entró en la depresión por el mono y dijo que estaba con la nube negra y que nunca iba a volver a escribir. Nosotros veraneamos juntos, tenemos las casas enfrente, y un verano que estaba demasiado pesado con eso de la nube negra, llegué a su casa y le dije que había escrito el poema que él no quería escribir.

Yo jugaba con ventaja, porque sé lo generoso que es Joaquín y lo que le gusta celebrar la amistad. Sabía que pudiéndole dar la ocasión de contar treinta veces la historia de que fui yo el que lo había sacado de la depresión, era capaz de salir de la nube negra. Escribí el poema a la manera de Joaquín, él lo musicó, lo cantó y, a partir de ahí, escribió su disco Alivio de luto. Y ahí está. En realidad, él salió de la nube negra por sí mismo y porque tenía que salir, pero yo sabía que a él le gustaba el aliciente de decir que su amigo poeta lo había recuperado de la nube negra. Tengo especial cariño a ese poema.


-¿La poesía es para el silencio, para el vino, para la casa, o es casi para declamarla enfebrecidos en grandes auditorios? 

-Para todo. La poesía es palabra y es silencio. Cuando quieres escribir algo, es tan importante saber lo que tienes que poner en el papel como lo que tienes que callarte. Por ejemplo, si yo escribo un poema de amor y pongo muchas cosas de mi amor y sobre mi novia, cuando tú lo lees, estás leyendo un poema sobre mi novia, pero no sobre tu novia o sobre tu novio. Es muy importante, y por eso la poesía y la literatura en general es muy hospitalaria, saber lo que tienes que borrar y lo que tienes que poner de ti. Pones de ti para que te conozcan y borras para dejar hueco al que llega, para que pueda habitar el poema con su propia experiencia.

En ese sentido, la poesía es silencio y es palabra y sirve para el silencio, para la meditación, para la admiración, para el vino… Creo que la gente que le gusta la poesía disfruta mucho los distintos momentos que ésta ofrece. Desde el dolor más grande en el consuelo hasta la felicidad más grande a través de la mirada de la poesía, del conocimiento de uno mismo y de los poemas de los poetas que le han enseñado a uno a ser como es.



-Antonio Machado, Alberti… son autores que están siempre presentes cuando habla, como si, de algún modo, agradeciera esa herencia que aprovecha para escribir. En un momento en el que parece que la poética renuncia a cualquier tipo de influencia porque eso contamina… ¿Cuál cree que es el papel de la tradición en las nuevas firmas de la poesía?

-El mejor consejo es mirar la Historia de la Literatura. Aquellas épocas que han buscado en la tradición las influencias necesarias para innovar en la poesía y buscar mundos propios han sido épocas de esplendor. Por ejemplo la Generación del 27, que fue una lectura modernizadora del pasado. Aquellas épocas que han tratado de inventar el Mediterráneo y han querido romper con el pasado, las considero absolutamente fallidas.

Para mí no tiene comparación el Movimiento Ultraísta, que empezó despreciando a Juan Ramón Jiménez o a Antonio Machado, con la Generación del 27, que se preguntaban qué nos enseña Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. Por acercarlo más a nuestra época: ha sido maravillosa una poesía de postguerra, como la representada por Ángel González, por Jaime Gil de Biedma o por Valente y, por otro lado, han estado los Novísimos, que dijeron que la poesía española era un desierto y decidieron romper con todo e inventarse un Mediterráneo.

Para un poeta, la personalidad es muy importante. Pero la personalidad se conquista. ¿Y cómo? Pues esforzándose y estudiando. El conocimiento siempre te da libertad. Es absurdo creer que la ignorancia te da libertad. Hay que leer y aprender de los que te han enseñado.


¿De qué tradición literaria bebe usted?
Cuando nos preguntan qué libro nos marcó, tendemos a ponernos solemnes y decir Heidegger, Thomas Mann, Juan Ramón… Yo soy poeta porque mi padre tenía la costumbre de leer en alto sus poemas favoritos en un libro que había en muchas familias, que se titulaba Los mil mejores poemas de la lengua castellana. Empecé oyendo a Zorrilla, a Campoamor, a Espronceda. Pero, de pronto, mi padre también leyó las Églogas de Garcilaso y a Antonio Machado. Eso me llevó a García Lorca, y me deslumbré con él… De verdad que la personalidad no nace de la ignorancia, sino del haber tenido suerte a la hora de encontrar y de buscar aquellas influencias que te ayudan a encontrar tu mundo y tu personalidad. A mí me irrita mucho la gente que reivindica la ignorancia y que cancela el pasado.

John Berger, un novelista inglés que es maravilloso y una de las conciencias más notables de la izquierda, aunque ya está muy mayor, dice que la mejor forma de cancelar el futuro es negar el pasado. Somos una comunidad. Si queremos dejarle algo a los que vienen, será porque tenemos la conciencia de que hemos heredado algo de los que estaban antes. Me parece muy peligroso todo el mundo que desprecia la tradición y se instala en la ignorancia, porque acaba diciendo: “Mira que ritmo tan estupendo he encontrado”. Y tienes que decirle que si conoce y ha leído los endecasílabos de gaita gallega que utilizaba Rubén Darío, por ejemplo. Es la ignorancia la que hace creer que estás inventando algo.


Daniel J. Rodríguez//@DanielJRguez
Entrevista publicada en la revista La Galla Ciencia el 27 de octubre de 2014

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