lunes, 8 de septiembre de 2014

La tarde bailaba la eterna danza ritual hasta perderse en el horizonte, la luna ya podía adivinarse -una sutil sombra que esconde los misterios de los amantes- y allí estabas ella: hermosa y arrogante, como esas niñas de orfanato que saben que solo se tienen a ellas mismas…

-Dame tu mano, abrázame.
-No, aún no, es demasiado pronto.

Su mirada era profunda, océano mar de virtudes y venganzas, roca intangible pero dura y peligrosa. En ese instante, en esa mirada, tuve la certeza de que jamás podría conseguirla para mí, no al menos aquella noche.

David Espases


Así que la muerte giró sobre sus pasos, condenada al infierno por no robar aquella alma…La mujer rozaba una vez más con sus labios la miel de la victoria. 

 La oscura sombra se desvaneció y la vida siguió corriendo por los raíles de la experiencia, para ella aún quedaba una estación por visitar. 


Daniel J. Rodríguez//@DanielJRguez
Relato publicado en el Nº1 de la revista
Café de Letras. Septiembre 2012.

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