martes, 24 de junio de 2014

Inevitable Matriz



No, no me refiero a esos engendros artificiales repletos de papeles ahogados en cifras y de humanoides descorazonados carentes de sonrisa verdadera. Se trata, más bien, de esos poyos solidarios que aparecen por doquier para prestar al caminante cansado un momento de asueto, un respiro, un relajo que lo salve de la vorágine veloz y eterna que supone existir.

Generalmente pasan desapercibidos, incluso cuando hacemos uso de ellos, pero siempre están ahí; más o menos feos, o duros, o cómodos; y casi sin que reparemos en ellos, forman parte de nuestra vida: deberían, pues, integrar el álbum de fotos de nuestra historia particular.

Yo me he enamorado en un banco. Pero también he discutido, me he emborrachado (aún recuerdo aquellas tardes con Jim y Jhonny en el parque, sentados sobre la espalda de madera de aquellos bancos. Barro en las botas) y sobre todo, he llorado. Mucho. Y he limpiado lágrimas. Quizá todavía más.

Los niños juegan en el banco: de repente es un barco pirata capitaneado por ‘Barba Negra’, o una trinchera tras la que esconderse y evitar las bombas de agua que el malvado equipo enemigo les lanza. También los viejos van muriendo en los bancos. Allí sentados pasan los inapetentes días mientras esperan que Abbanddon los acaricie con las plumas negras de sus alas.

Un banco es una historia compuesta de centenares de historias, de millares de almas que han vivido en torno a él. Enciclopedias de experiencia humana reflejada en los mensajes que las puntas de los bolígrafos apuñalan en sus tablas. 


Daniel J. Rodríguez // @DanielJRguez

Este texto fue publicado en el número 6 de la revista Café de Letras 

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