domingo, 24 de noviembre de 2013

EL TIGRE

¡Tigre! ¡Tigre!, fuego que ardes
En los bosques de la noche,
¿Qué mano inmortal, qué ojo
Pudo idear tu terrible simetría?
¿En qué distantes abismos, en qué cielos,
Ardió el fuego de tus ojos?
¿Con qué alas osó elevarse?
¿Y que mano osó tomar ese fuego?
¿Y que hombro y qué arte,
podrían retorcer la nervadura de tu corazón
Y cuando tu corazón comenzó a latir
¿Qué formidable mano, qué formidables pies?
¿Qué martillo, qué cadena?
¿En qué horno se forjó tu cerebro?
¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras
ciñeron su terror mortal?
Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,
Y bañaron los cielos con sús lágrimas,
¿Sonrió al contemplar su obra?
¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?
¡Tigre! ¡Tigre! luz llameante
En los bosques de la noche,
¿Qué ojo o mano inmortal
Osó idear tu terrible simetría?

                                W. Blake


Roza la noche su punto álgido. Desde aquí todo es descenso. En la habitación no cabe nadie más. Estás.
El ruido no es molesto, llueve antes de la lluvia y, mojado, te aferras al rugido animal que te trae el fármaco para la desidia, para la nocturnidad adquirida.

El disco sigue girando a voces tenues. La sábana sigue helada (todavía no has osado dejar tu cuerpo- ojos en vilo- en su abrazo).





Daniel J. Rodríguez

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