miércoles, 2 de octubre de 2013


 1

Tombuctú era el lugar que había elegido, hacía ya más de 3 años, para el día en el que habría de cumplirse la maldición. Sus humildes casas de adobe rojo sangre y la belleza indecible de sus mujeres habían quedado guardadas en cada uno de los latidos de mi corazón desde el día en que, siendo niño, cayó en mis manos un cuaderno con fotografías de esa vieja tierra.

Allí debía ser, en ese lugar me encontraría cara a cara con el destino. Una suerte prefijada por la mano de aquella bruja: “Morirás el día en el que superes la edad que hoy tiene tu padre”.
Ahora, con 59 años, justo a punto de estrenar la nueva década, cumpliría con el designio de la vieja mujer.

Los primeros años incluso habían sido divertidos. Quizá la locura o la mente ágil que caracteriza a los jóvenes me permitían ver lo positivo de la situación. Saber cuándo iba a morir me permitió arriesgar hasta el extremo mi vida. Era consciente de que nada me podría pasar, y así fue.

Me casé, tuve 2 hijos preciosos y más de un trabajo que nunca acabó de llenarme. Alegrías y tristezas encontradas en una eterna danza imprevista, un baile lento en ocasiones, vertiginoso y atroz en otras. La vida fue pasando, los años quedaron acumulados en el armario de los recuerdos, de las experiencias, de las historias.

Y de repente, llegó la angustia.
No sé cómo ni por qué, pero allí estaba. Una mañana al despertar, fui consciente de que sabía con exactitud cuándo iba a morir, y aquello me aterró. La angustia habitó mi pecho y, desde aquel día, ha sido protagonista de todos mis pensamientos.

Dejé a la mujer y abandoné a los hijos, olvidé el trabajo y la familia. Sin apenas darme cuenta, la miseria se convirtió en la única de mis compañeras. Envejecí de pronto. El dolor, la certera incertidumbre sobre el qué vendrá me convirtió en el viejo que soy ahora. Un hombre torpe, temeroso, incapaz casi de sentir algo fuera del miedo a la muerte.

Durante estos últimos años sólo otra idea aparecía en el fondo de mi cabeza, silenciosa y nimia, como temiendo molestar al sublime miedo que me gobernaba. “Tombuctú -decía-, Tombuctú”.

Al principio no supe qué era aquella palabra que la tímida voz que recordaba como mía, regaba cada noche mi cabeza. Tombuctú, Tombuctú…. Tombuctú. Y lo supe.




2

Cuando era niño, en mi casa, una pequeña habitación con cocina, baño y dos jergones, dos objetos reinaban como únicos tesoros. Mi padre amaba esos libros. A menudo lo espiaba cuando me creía dormido y lo observaba pasar horas acariciándolos.
Uno era una biblia, ésta pudo rescatarla el pobre en la guerra, cuando los bocados del fuego amenazaban todas las iglesias.
El otro, un cuaderno de tapas rojas con fotografías de viajes. Nunca supe de dónde lo había sacado, ni quien era el autor de aquellas instantáneas. Solo recuerdo que la primera página recogía, con una bella tipografía, la palabra. Tombuctú.

Muchos fueron los días en los que, cuando la casa quedaba vacía, subido a una silla, recogía el libro del estante y navegaba en el blanco y en el negro de cada una de las fotografías, soñando, tal vez, con visitar algún día Tombuctú, con bailar con sus mujeres y con sentarme en sus murallas, con un té, bajo la sombra de las palmeras orientales.



3

El hombre que montó en el avión era más viejo de lo que indicaba su pasaporte. En su billete, el origen era Madrid, el destino una ciudad africana de impronunciable nombre, en su corazón solo un origen y un destino: Tombuctú.

Llegó cansado tras 5 días de viaje sentado en los hierros de una vieja camioneta. Atravesando desiertos y miedos, habiéndose entrevistado, cada noche, con su propia sombra. Llegó, y un intento de sonrisa se atisbó en su mente, una sonrisa que no llegó a dibujarse en el rostro: Había olvidado cómo era eso de ser feliz.

Allí estaba, frente a la humilde ciudad de barro. Una urbe activa, un hormiguero humano y fraternal. Justo lo que había soñado.
¿Y ahora? La angustia creció y creció por momentos. El fuego subía por el estómago abrasándolo todo, los ojos, llenos de lágrimas, centellearon y emborronaron el lugar.

Ante él, un ajado cuaderno de tapas rojas. En la primera página, la bella tipografía dictaba el nombre de Tombuctú. Dentro, las imágenes de un lugar mágico.
Ya no había angustia. El interior sosegado de nuestro anciano prematuro concluyó en una calma inmensa, un océano-mar de virtud, algo desconocido por los años.

Allí estaba, frente a la humilde ciudad de barro. Allí estaba, había llegado al hogar.

Días después, la sombra de la muerte oscureció la ciudad de Tombuctú. Un viejo occidental apareció sin vida, como dormido en su humilde jergón. En su rostro, una sonrisa.



Daniel J. Rodríguez



*Relato publicado en el número 3 de la revista cultural Café de Letras*

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