sábado, 8 de diciembre de 2012

Cuando muera,
no grabéis palabras vanas
en mi tumba.
Será inútil decir que
fui un buen hombre,
que no me dejé llevar
por los capitales pecados,
que amé a todos y
a todos traté bien.

No, no digáis mentiras
por guardar mi memoria,
ni por salvar vuestra
conciencia.
Tan solo seré polvo
yermo, un leve recuerdo
oxidado, como el
cerrojo de una puerta
que nunca vuelve a abrirse.

Y si conocéis el lugar
donde descansarán
mis huesos, no perdáis
el tiempo llorándome.
Los amigos los guardaré
bien hondo en el cajón
de mis poemas, en cada verso.
Y a los que nunca amé,
los habré olvidado
en el último estertor,
perdonando deudas y ofensas,
promesas incumplidas
y sueños rotos.


Daniel J. Rodríguez

1 Apuntes del lector:

María de los Llanos dijo...

Daniel, preciosa.