jueves, 25 de octubre de 2012




Esta época de dorados rojos y brisas frías tiene la capacidad de crear en mí un estado de continuos sentimientos, una suerte de existencia bucólica bañada con el intermitente paso de la desidia y la auto-revisión existencial. Es el momento de las preguntas sobre el dónde y el ahora, en el que el proceso de creación se ve incrementado de manera exponencial.

Y es que el otoño guarda, en el misterio de la naturaleza, la capacidad de evocar tanto a la muerte como a la vida; mientras los árboles pierden el carisma de sus hojas, los ríos y los arroyos aumentan el caudal y el canto interminable de su danza.

Luego está la lluvia, el olor a tierra húmeda y el repiqueteo tras la ventana mientras en casa la literatura es la incuestionable protagonista, y tal vez, casi en el silencio, el ronco tono de Cohen recite una nana de sabiduría.
Soy de aquellas personas a las que les gusta pasear sin el engorro del paraguas. Solos. La lluvia y yo. Quizá sea una forma íntima de recordar que una vez el agua mojó mi mano sujetando la suya, un atajo para recordar por qué seguimos amando, cada otoño, cada instante.

Sí, sin duda, el misterio de las estaciones es como un ritual divino en el que el otoño debe ser el predilecto de los dioses. Dioses que lo han cargado de una belleza propia, diferente, elevada sobre el resto de los días.




Hace un par de años, escribí un intento de poema sobre árboles y otoño, ya lo compartí en este blog, pero desde hace unos días lo tengo en la cabeza y lo ando rumiando, así que creo que es un momento idóneo para compartirlo nuevamente.



Otoño:

He dormido, a veces, en el lecho
que produce la caducidad de tus auxilios.
He reposado en el vergel bermellón, en tus
hojas maduras y rojizas, que son abrigo
cruel de mis miserias, que guardan los
secretos oxidados, casi muertos, y allí,
en el inicio de la odisea, he sido extinto
en el crujir de cada uno de tus pétalos sin savia.

He dejado, en la asimetría que posee tu forma,
sueños, proyectos y fortunas, sintiendo que,
como cada otoño, perecerán inútilmente con
tus hojas. Y aún sabiendo que llorar es el grito
inútil de aquellos que aún creen que en verdad
se puede amar, yo, que deshojo el triste brazo que
me lanzas, lloro sabia y muero en tierra,
acogido por la alfombra leve que tu misterio encierra.

Hoy, bajo la nube verde que me prestas,
acompañando el canto que se intuye en tu
crecimiento, he comprendido que la vida
es un débil año en el que las lluvias han sido desterradas.
Que labrar un corazón en tu madera es una puñalada atroz
para la verdad de los hombres, que las hojas tienen razón
en morir para volver con la esperanza de la luz en primavera.


Daniel J. Rodríguez.

1 Apuntes del lector:

María de los Llanos dijo...

Precioso.

Hace ya un par de años que me encanta la lluvia.