viernes, 11 de noviembre de 2011

A veces, suelo abrir la ventana,
y los oídos, para escuchar un llanto.
La ciudad, ciega al dolor, no aplaca
su continuo canto, las luces siguen
fulgurando aún, como si no muriera nadie.

Mas yo escucho tu grito, aquel que sólo
un loco, en su demencia, apartaría
de la feria teñida que es el mundo.

Hoy amiga, para todos eres humo,
y te alejas de la memoria permanente.
No recuerda nadie lo fuiste. Eres humo
perdido, agonizante.

A veces, suelo abrir los ojos y buscarte
y nunca no te encuentro, siempre estás allí,
en el margen de todo, a la orilla de mi mente,
muerta, como humo, efervescente y etérea,
casi impalpable, leve y abatida, cadáver del presente.


Daniel J. Rodríguez

1 Apuntes del lector:

Pedro L. Almela dijo...

Me gusta tu blog. Usas la poesía como el mejor antídoto contra el dolor, y en eso quizá nos parezcamos.
Un abrazo.