jueves, 11 de agosto de 2011

Soñando con una noche ágil de
sucesos, he mezclado lo banal
y lo divino en una metonimia
tan sutil que pensarlo sería
motivo de condena.

Por ello escucho ahora las
músicas del mundo, porque
si, amada universal, la tierra
canta. Y no lo hace en la línea,
a veces previsible, de lo que
el oído prepara. Sus tonos son
colores: A veces rojos, chivatazo
de pasiones. O verdes, amarillos
y blancos. Un blanco puro, que da
vida. O azul, pero en ese modo
místico del que es culpable el mar
cuando anochece.

Ahora me reflejo en el complejo
mundo y mi color es transparente
y soy feliz. Mi sonrisa brilla eternamente.


Daniel J. Rodríguez

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