martes, 30 de agosto de 2011



Es inevitable, en algún momento de la vida,
dar la vuelta y respirar profundamente.
Es en esos relámpagos cuando veo en mi pasado
retazos certeros de esta realidad presente.

Ya no uso los botes de refresco como testigos
de algún juego de tarde, ni sueño con volar ni
con ser mago. Indiscretamente el tiempo va robando,
con aptitud resuelta, cada uno de estos actos y los ojos
sinceramente ilusos que buscaban en el cielo mi
recortada sombra, son ahora vidrios opacos, cerrados al
embrujo sincero de una pelota o una terraza de losa roja.

Ahora la piel aún joven de mi cara pincha a la mujer a la
que ciertamente amo y los altos estantes de mi casa
se han quedado cerca del deseo de mis manos, y ya no los
siento lejos, ahora son un quehacer cotidiano.

La vida se me acerca, rabo de rayo, luz de nube, rápida,
vertiginosa y dura, tan dura que cada paso duele,
que cada mañana avienta los viejos sueños, esos que,
sincerándome en mi espejo, no serán cumplidos nunca,
ya nunca.

Y yo, preso de mi mismo, de mi mente
y de cada madrugada en que los hados de la noche
me regalan la fascinación de los deseos benjamines
de mi propia existencia, me devano sobre mi dolor y,
ya casi muerto, veo correr, lejano en el parque, mi recuerdo.


Daniel J. Rodríguez

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