viernes, 28 de mayo de 2010

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Toda las tardes recorro el camino hasta tu castillo de manera ritual, casi automáticamente mis pies acortan la distancia entre mi sonrisa y yo.
Reconozco tiernamente cada piedra y cada árbol, ¡Han pasado años desde que conocí la felicidad que me otorga contemplarte!

Ya llego y rápido me escondo tras el anciano olivo de tu jardín, pronto llegará la hora de tu fugaz presencia, un divino regalo que embriaga el alma de cualquier ojo que te contemple.

Me abrazo al tronco como para beber su sabia, reconozco sus nudos y los agarro fuertemente, hacerlo me ayuda a cerciorar que eres real y que esto no es un sueño, que ese no es el árbol en el que habita el príncipe de los pecados.

Ya es la hora, el sol huye tras el pico montañoso y las sombras se alargan dando al momento un halo aún más místico. Ya mis ojos obvian el bello jardín, ya mis manos no perciben los rugosos nudos del árbol de mi abrazo, ahora sólo existe la ventana, ese minúsculo ojo que te enseña el mundo cada ocaso, todas las tardes se repite ese misterioso ritual y allá va…

Te asomas, tu oscuro y recto cabello cae sobre tus hombros y a lo largo de tu espalda, tus ojos, negros como la noche del caos final observan inmóviles el universo de belleza que encierran tus jardines. Ni una mueca, ni un gesto de satisfacción, ni una emoción, todo frío, gélido, misterioso.

Me gustaría que reparases en mi, abrazo al anciano olivo, que me invitaras a tu feudo y me hablaras de tus jardines y yo hablarte de ellos y que me contaras que sientes al asomarte cada tarde y ver esa maravillosa belleza.

Mas tú nunca te darás cuenta de mi, nunca me verás en el abrazo vegetal, nunca me hablarás de las bellezas de tus jardines. Siempre olvido que eres ciega.

Daniel J. Rodríguez

3 Apuntes del lector:

nube dijo...

¿Y por qué te escondes entonces en el abrazo vegetal?

Anónimo dijo...

Vaya final, Señor, VAYA FINAL.

Anónimo dijo...

El problema no es que ella no pueda verte sino que tú no dejar que ella te vea. En un abrazo escondes tus miedos o tus sueños, a alguien que puede tocarte, sentirte, olerte, hablarte, escucharte y, lo más importante, verte con los ojos del corazón. No es ella la que tiene el problema de no poder ver, sino tú que tienes el problema de no querer ser visto.
(cuando digo tú me refiero al protagosnista de esta historia, sea quien sea)