martes, 2 de marzo de 2010

Era una lluviosa tarde de invierno, el frío traspasaba los cristales de su ventana y congelaban su habitación. Frente a él un montón de folios, esparcidos por toda la cama, un cenicero con 7 u 8 cigarros a medio consumir y una bandeja con una copa del mejor ron cubano.



Entre toda esa maraña de desorden y desenfreno, se podía distinguir un leve sonido, casi inexistente, una respiración tardía e incompleta perteneciente a un hombre ni viejo ni joven, pero con una tremenda necesidad de algo, de algo inevitable.

Los libros, las letras se habían convertido en el centro de su vida, vivía por ellas y por ellas era capaz de morir.


Letras, sólo letras.

Unos signos capaces de expresar de la mejor manera todo lo que sentía, todo lo que su roto corazón sufría.


El problema por el que estaba pasando era el alboroto de sentimientos, el atropellamiento de palabras, letras y frases, que finalmente y al releerlas carecían de sentido.

Sentía una tremenda frustración de descontrol, ansiaba poder plasmar el dolor, el sufrimiento; pero en aquel momento, en aquella noche fría y sola aquello se le presentaba tremendamente complicado. Pero su vida no se había complicado aquella tarde, hacía tiempo que no veía salir el sol, sentía como si sólo las sombras le ayudaran a ver, había aprendido a desconfiar de las luces.


Era triste verlo, él mismo lo decía al mirarse en el espejo, esos ojos marrones no estaban mirando al mismo chico que había antes en el espejo. ¿Antes? Sí, todo cambio por Ella.

No sabía ya desde cuando, ni el tiempo ni el lugar. Lo único que si perduraba, y que era eterno, era ella. Ella y su perfecta sonrisa, ella y su inolvidable mirada, de esas que traspasan el tiempo. Parece que fue ayer cuando me miraba con aquellos ojos y me desnudaba por completo con solo una sonrisa, con solo una caricia. Con solo tener su presencia. ¿Por que había aparecido? Aquel demonio estaba consumiendo su vida, él sabia perfectamente que ella nunca lo amaría, que nunca sería completamente suya. Pero eso no le importaba, prefería eso a no poder rozar sus labios con los de ella.

Lo que no sabía era que su vida se iba a pique. Hacía meses que no escribía nada coherente, semanas que no avanzaba ni un folio en su novela. Días que no se levantaba de la cama, Horas que no dejaba de pensar en ella.

Lo peor de todo es que después de tanta agonía, tristeza y desesperación; ya no sabia que pensar, que hacer y como actuar. Las letras le obsesionaban. Quería escribir lo más bello escrito jamás. Quería regalarle a ella, el mejor de sus regalos, quería describir su
Sufrimiento plagado de ese maldito amor que le consumía. Y quería hacerlo bello, bello triste y eterno.

 


Lady Madrid y Daniel J. Rodríguez

2 Apuntes del lector:

nube dijo...

Me gusta como escribes, me gusta cómo transmites esos sentimientos tan "básicos" para los humanos y a la vez tan complicados...

Te sigo desde mi nube! :)

Dn. dijo...

En este caso el mérito es casi todo de Lady Madrid, es un texto escrito por ambos, un juego que acabó en este bonito relato, pero son de ella esos párrafos que dan esa belleza tan especial al texto, yo apenas hice nada.


Me alegro de que te guste.

Un abrazo desde los sueños.


Dn.