miércoles, 18 de noviembre de 2009

A veces salgo a la calle, me gusta rodearme de gente, es en estas grandes ciudades donde descubres que tu vida es insignificante, que lo que eres, que lo que haces ,no es más que una pequeña gota en un gran océano.
Mientras camino por la acera observo a las personas: altos, bajos, gordos, delgados, rubios, morenos, trajeados, ricos, estudiantes….
Nadie repara en la persona que anda a su lado, nadie mira con un gesto alegre, ni te dedica una rápida sonrisa, no son capaces de reparar en el otro.



Vine aquí con la intención de conocer gente nueva, hacer amigos. No, esta gente no tiene tiempo, desean más dinero, más popularidad, más satisfacción, pero no más amigos.

Cada día siento dentro de mí un gran vacío, un fuego que no se apaga, que grita incansablemente en busca de afecto, de cariño, de amor.


Amor, creo que en estos lugares se ha olvidado lo que significa esa palabra, la han borrado de sus cabezas. Miro a los pobres que piden tirados en el suelo, sus ropas están rotas, sucias, sus ojos están vacíos, no tienen brillo, son oscuros, fríos como témpanos de hielo, del mismo hielo que habita en los corazones de aquellos que pasan a su lado sin mirarles.




Me siento desamparado, sólo.

Es ahora cuando siento con más fuerza el dolor que produce la soledad.


Daniel J. Rodríguez

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